Amar con los brazos abiertos, de Carmela Baeza

El otro día tuve la suerte de conocer en persona a Carmela Baeza. Llevamos tiempo hablando por internet, y moviendo juntas la campaña para que no haya más niños solos en La Paz, pero aún no nos conocíamos en persona.

Por fin nos vimos y de paso me hice con su libro, que ya he terminado de leer. Es un libro precioso que os recomiendo y que se puede conseguir aquí.

Todo el mundo insiste en que la lactancia materna es lo mejor. Sin embargo, cuando nace un bebé la madre con frecuencia comienza un camino lleno de dolor físico (cansancio, grietas, mastitis…) y psicológico (dudas, sentimiento de inadecuación, sentimiento de culpa…) que hace difícil o imposible la lactancia que ella desea.

Este librito intenta explicar, basándose en la información científica más reciente y en muchos años de experiencia profesional y personal de la autora, el increíble diseño de la relación entre la madre y su bebé, los factores que la dificultan, y algunas claves para que todo vaya mejor.

Es un libro anti-manual, un libro anti-receta, breve, intenso, científico y sobre todo amoroso; nos abre la puerta para entender y sentir cómo podemos vivir con gusto la crianza y la maternidad.
Este libro –valga la paradoja– nos ayuda a cerrar libros, a cerrar el ordenador, a girarnos hacia nuestros hijos y a dejarnos guiar por el instinto, por la confianza y sobre todo por el amor y el regalo que significa cada nueva vida.

Os dejo algunos fragmentos para pasar un ratito pensando…

“…y entonces nace…tenemos una pequeña cría de ser humano que es capaz de reconocer mediante tacto y olfato a su  madre y en concreto dos zonas de su madre: los ojos y el pecho (vínculo y comida). Además, tiene la capacidad motora y suficiente coordinación como para llegar hasta el pecho y como para alzar la cabeza y mirar a su madre. Y por supuesto, es capaz de tomar el pezón en la boca y coordinar succión, deglución y respiración… sólo hay un factor que no depende del bebé y que sin embargo es crucial para que toda su impresionante maquinaria de supervivencia funcione. El bebé tiene que estar en el lugar adecuado…”

“Lo que el bebé espera es que al nacer su madre lo alce en sus brazos, lo mire de arriba a abajo para asegurarse de que está bien, y luego se recline hacia atrás y lo coloque sobre ella… El cuerpo de la madre queda así impregnado por el líquido amniótico que recubre al bebé. Inmediatamente el bebé reconoce su entorno, huele a su madre, le toca la cara, con las manos, con todo su cuerpo, y comienza a moverse hacia el pecho. Según se va acercando, huele el líquido que producen las glándulas de Montgomery… y ese olor estimula, dentro del cerebro del bebé, una zona llamada amígdala. Cuando se activa esta zona, el cerebro del bebé dice: ‘estoy con mamá, estoy a salvo’. Entonces se activan las conexiones neuronales del cerebro izquierdo que dan la señal de ‘todo está bien, acércate’. Esto a su vez activa la zona visual del córtez y el bebé abre los ojos, y por acción secundaria de otro centro, el giro fusiforme, el bebé busca la cara de su madre y el contacto visual con ella. Se produce así la impronta, el primer paso del vínculo materno-filial.

Después, el bebé despliega todos sus reflejos para la alimentación, coordinando la actividad motora de cabeza, brazos, piernas y todo el resto del cuerpo con la información sensorial que va recibiendo para, poco a poco y con la ayuda de su madre, encontrar el pecho, tomarlo en su boca y empezar a mamar.

El calostro que el bebé mama, al entrar en su estómago produce una estimulación nerviosa que le ayuda a controlar la frecuencia cardíaca, así como el calor del cuerpo de la madre le ayuda a regular su propia temperatura. Además, el calostro le proporciona la nutrición necesaria y suficiente y un gran aporte de defensas y factores de maduración intestinal, todo ello básico para la adaptación a la vida fuera del útero.

Un inicio así lleva al establecimiento de un buen vínculo y de una lactancia normal (es decir, indolora, suficiente y disfrutada).”

“Al igual que el bebé necesita un cierto hábitat, la madre necesita otro: un lugar tranquilo, seguro, silencioso, secreto. Necesita no tener que pensar sino dejarse envolver por la atmósfera que su hijo teje entorno a ella.”

“Tal vez, la diferencia entre un parto habitual y un parto normal es que, en el parto habitual, la madre está enfocada hacia fuera, hacia las personas y los acontecimientos que la rodean, intentando ‘hacerlo bien’. En un parto normal, la mujer está completamente enfocada hacia dentro, en trance, ajena a todo lo que ocurre a su alrededor (que debe ser poco), haciéndolo todo bien sin pensar, porque su cuerpo sabe hacerlo.”

“Si desde que nacen nuestros hijos estamos acostumbrados a mirarles, a escucharles, a vivir con ellos (realmente, no sólo físicamente), a que sean parte verdadera de nuestra vida, nos dan muchísimo más de lo que podamos imaginar… Nosotros les damos seguridad en un amor incondicional. Ellos nos ofrecen la oportunidad de que nos hagamos mejores… Invirtamos esfuerzo en hacernos adultos. Amemos con los brazos abiertos y transmitamos a nuestros hijos que merece la pena vivir, que merece la pena convertirse en adulto y que queremos acompañarles, desde nuestra paternidad en esa aventura. Busquemos la belleza y el amor y contagiemos a nuestros hijos la pasión por esa búsqueda. Es el mejor regalo que les podemos hacer.”

Gracias Carmela por un texto tan bonito y tan necesario…

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